El diablo está en los detalles

¿Dios o el diablo está en los detalles?

Dios está en los detalles solía decir el arquitecto Ludwig Mies van der Rohe preocupado por la simpleza y perfección de las líneas que trazaba entre la gente asombrada que lo rodeaba. Caminaba lento, tranquilo, siguiendo un trazo que sólo meses después las otras personas verían. Todos cuchicheaban a su espalda: ¡Pero qué desperdicio, todos estos metros cuadrados sin aprovechar.

En Order Without Design, libro publicado en 2018, el urbanista Alain Bertaud asevera que «claramente, si la preocupación es por el espacio disponible para los transeúntes alrededor del edificio, la plaza está sobrediseñada».

Warburg, antes que Rohe decía ya que Dios estaba en los detalles pero Gombrich, historiador del historiador, asevera que la frase original no proviene de él. La frase Le Bon Dieu est dans le détail generalmente es atribuida a Flaubert, devoto Spinozista, que pasaba horas a solas en su habitación persiguiendo la palabra justa, ese detalle. Para él, encontrar esa mot juste era clave para obtener calidad en el arte literario.

No fue sino hasta el siglo XX que el sujeto de la frase pasó de ser Dios a ser predominantemente el Diablo. ¿Cómo y cuándo operó este cambio?

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Trabajaba en absoluta soledad, a veces ocupando hasta una semana en completar una página, nunca satisfecho con aquello que había escrito. Su trabajo no era inspirado, pasional, eufórico, enteosiasmado, torrencial, bello. Su prosa era precisa, concreta, original, justa, natural, viva, verdadera. Flaubert, el llamado martir del estilo, procuró retratar a la vida no de la forma en la que a él le gustaría que fuese sino de la forma en que realmente la percibía.

Flaubert, Spinozista de corazón, observó que precisamente eran aquellos detalles insignificantes que daba a sus personajes los que les permitían de alguna forma despegarse de las hojas impresas y devenir en algo más que una serie de atributos o características.

«el inadvertido gesto esbozado por un rostro que está detrás de un sentimiento, el pliegue descuidado del vestido, la mirada de soslayo lanzada desde la mesa contigua, la palabra apenas murmurada… «

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El detalle es la cosa en común para la modernidad. Sabemos hoy que no hay cabida ya a la invención: nadie encuentra el hilo negro y todos los proyectos novedosos parecen asumirse con la naturalidad que brinda lo esperado. Si algo ha cambiado desde Flaubert quizá sólo sea la presencia misteriosa escondida detrás de ese toque que resta de originalidad en lo más minuciososo: el sagrado ente de perfección o el abismo profundo del problema.

Es como si la saña Flaubertiana por el retrato escrupuloso de la realidad hubiera evolucionado hasta resultar en un abigarrado caer entre dos opciones no del todo contradictorias: encontrar en un pequeño cuadrito de la realidad la sensación de pertenencia del todo, o encontrar en ese mismo cuadrito la sensación de catástrofe de todo.

No son las cosas grandes ya las que mueven originariamente los corazones modernos: son esas sutilezas en las que después de todo, aún resta lugar para que cada uno de nosotros se encuentre y se refleje.

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